Escuchen, pueblos, la palabra
del Señor, anúncienla en los confines de la tierra: Miren a nuestro Salvador
que viene: no teman.
Oremos:
Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alertas a la venida de tu Hijo, para
que, cuando llegue y llame a la puerta, nos encuentre en vela y orando.
Por nuestro Señor Jesucristo ...
Amén.
El Señor reúne a todos los
pueblos en la paz eterna del reino de Dios
Lectura del libro del profeta
Isaías
2, 1-5
Visión que tuvo Isaías, hijo de
Amós, acerca de Judá y Jerusalén:
Al final de los tiempos, estará firmemente establecido el monte del templo del
Señor en la cumbre de las montañas, se elevará por encima de las colinas. Hacia
él caminarán todas las naciones, vendrán muchos pueblos y dirán:
"Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. El nos
enseñará sus caminos e iremos por sus sendas".
Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la
palabra del Señor. El juzgará a las naciones, será árbitro de muchos pueblos.
Entonces harán de sus espadas arados, de sus lanzas podaderas. No alzará la
espada nación contra nación, ni se prepararán más para
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 121, 1-2.3-5.6-7.8-9
Vamos a la casa del Señor.
Me alegré cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor". Nuestros pies ya pisan tus umbrales,
Jerusalén.
Vamos a la casa del Señor.
Jerusalén está construida como
una ciudad bien trazada; allá suben las tribus, las tribus del Señor, para dar
gracias al nombre del Señor según la costumbre de Israel. Porque allí están los
tribunales del palacio de David, los tribunales donde se administra la
justicia.
Vamos a la casa del Señor.
Rueguen por la paz de
Jerusalén: ¡Vivan en paz los que te aman! ¡Reine la paz dentro de tus muros, la
prosperidad en tus palacios!
Vamos a la casa del Señor.
Por amor a mis hermanos y
amigos, diré: "¡La paz contigo!" Por la casa del Señor, nuestro Dios,
buscaré tu felicidad.
Vamos a la casa del Señor.
Aleluya, aleluya.
Señor y Dios nuestro, ven a salvarnos; míranos con bondad y estaremos a salvo.
Aleluya.
Muchos vendrán de oriente y
occidente al Reino de los cielos
Lectura del santo Evangelio según
san Mateo
8, 5-11
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un oficial romano suplicándole:
"Señor, tengo en casa un criado paralítico que sufre terriblemente".
Jesús le contestó:
"Yo iré a curarlo".
El oficial romano replicó:
"Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una
sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, que soy un subalterno, tengo
soldados a mis ordenes, y si digo a uno de ellos: "¡Ve!", él va; al
otro: "¡Ven!", y viene; a mi criado: "¡Haz esto!", y lo
hace".
Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
"Les aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande. Por eso
les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán,
Isaac y Jacob en el banquete del Reino de los cielos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Acepta, Señor, este pan y este vino
escogidos de entre los bienes que hemos recibido de ti, y concédenos que esta
Eucaristía, que nos permites celebrar ahora en nuestra vida mortal, sea para
nosotros prenda de salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Las dos venidas de Cristo
En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan
de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para
que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la
plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en
vigilante espera, confiamos alcanzar.
Por eso,
con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin
cesar el himno de tu gloria:
[Misa]
Ven, Señor; visítanos con tu
paz, y nos alegraremos en tu presencia de todo corazón.
Oremos:
Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos con los
que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los
bienes eternos y a poner en ellos nuestro corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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